Estoy tumbada en bikini negro sobre la amplia tumbona junto a la piscina. El sol calienta mi piel con una agradable sensación de pesadez y relajación, como si cada músculo se hubiera derretido. Siento cómo la tela del bikini apenas bloquea el calor; es casi como si el sol acariciara mi cuerpo. Muevo lentamente una pierna, dejándola deslizar sobre la superficie fresca y lisa de la tumbona. Mi espalda se arquea ligeramente, casi involuntariamente, al respirar hondo. El aroma a cloro, verano y mi protector solar de coco impregna el aire. Siento miradas sobre mí: esa silenciosa y punzante sensación de ser observada. Un escalofrío me recorre la espalda, extendiéndose cálidamente por mi estómago. Muy despacio, giro la cabeza hacia un lado y dejo que mi mirada se pierda en el borde de la piscina, como si solo pudiera percibir la atención expectante. Una leve sonrisa se dibuja en mis labios. Juego con la idea de levantarme, quizá simplemente sumergirme en el agua, o quedarme aquí y dejar que el calor siga acariciando mi piel. Me bajo un poco más las gafas de sol y levanto ligeramente una rodilla, haciendo que la fina tela de mi bikini se mueva un poco. El corazón me late con fuerza. La simple sensación de poder estar tumbada así, tan expuesta, tan segura —y a la vez vulnerable— me hace saborear el aire en mis pulmones como un beso apasionado.